De espíritu puramente árabe y mediterráneo, tradicional y moderna al mismo tiempo. Nos adentramos en la capital de la República Tunecina, ubicada al fondo del Golfo de Túnez, entre la  laguna del Behira y las montañas que la rodean. Parece que no se estrujaron mucho las meninges para nombrar el lugar. La existencia de la ciudad está atestiguada por las fuentes desde el siglo IV a. C., pero fueron los bereberes quienes fundaron el pueblo, cuyo nombre original era Tunes, en el II milenio a. C., convirtiéndose en capital del país desde el año 1160 bajo dominio árabe.

Tal vez sea la Bab el Bhar o Puerta del Mar, también nombrada como Puerta de Francia durante al protectorado francés, el punto que separa la ciudad antigua de la moderna. Construida durante la época de los Aglabíes es lo único que queda de la muralla que separaba el casco antiguo o Medina, de la ciudad moderna.

Atravesarla es introducirse en la Medina, un entramado de callejuelas estrechas, tortuosas, agobiante por la multitud que se agolpa en sus zocos de paredes blancas, portales azules, cargados de olores a especias, a humo de las narguiles y al aromático té de menta, son el mejor modo de conocer la vida cotidiana de los tunecinos.

Pero no todo son tiendas de telas y perfumes, también podemos encontrar algunos monumentos magníficos como La mezquita Zitouna o Al-Zaytuna, conocida como de los Olivos. Fue fundada en el año 732 y reconstruida en el siglo IX en la época de los Aglabíes. La mezquita alberga una de las primeras y más grandes universidades en la historia del Islam. El interior del templo, formado por quince naves y 184 columnas, impresiona por sus dimensiones. En el momento del viaje no estaba permitido el ingreso de los no musulmanes.

Subidos a la azotea de un comercio del zoco, las vistas de la ciudad desde lo alto son impresionantes. A lo lejos se distinguen otros monumentos como el Palacio Dar Othma, Palacio del Bey, Palacio Dar Hussein o Las Tres Madrazas. La cacofonía de los imanes llamando a la oración desde los muchos minaretes de las mezquitas de la ciudad nos fue envolviendo poco a poco.

De regreso a la Puerta de Francia, dejamos atrás la Medina para adentrarnos en la Ville Nouvelle por la Avda de Francia hasta la plaza de la Independencia, donde se levanta la Catedral católica de San Vicente de Paul. Fue erigida con una mezcla de estilos arquitectónicos, árabe, gótico y bizantino. La construcción comenzó en 1893 y no finalizó hasta 1897.

Por último, nos llevaron al mundialmente famoso Museo del Bardo, situado en las afueras de la ciudad, en una antigua zona residencial de sultanes desde el s. XIII. El museo está integrado en el palacio del Bardo, el antiguo palacio del Bey de Túnez, un conjunto de edificios construidos desde el s. XV. Tal vez sea el museo que mejor representa el crisol de culturas mediterráneas a lo largo de la historia, desde los fenicios, pasando por los romanos, el cristiano y finalmente el islam.

El museo alberga una de las colecciones de mosaicos romanos más grandes del mundo, provenientes de las excavaciones realizadas en Cartago, Hadrumetum, Dougga, Thysdrus y Utica. Extrayendo la decoración de suelos y paredes de las suntuosas villas de los ricos ciudadanos romanos de los siglos II al IV en estos lugares. Son muchos los mosaicos de gran importancia, pero tal vez la pieza, Virgilio escucha a Clío y Melpómene, destaca por ser el único retrato que se le adjudica al poeta, también la serie dedicada a Ulises, como Ulises y las sirenas, inspirado obviamente en la Odisea.

El edificio consta de 35 salas repartidas en tres niveles, con patios y escaleras donde se disponen los diferentes hallazgos. Deambulamos por el hall de recepción con su gran cúpula. Accedimos al gran patio cubierto de cuyo techo cuelgan cuatro lámparas de candelabros. Pasamos por la sala de la música con su techo decorado con motivos florales o por la espectacular sala de Cartago, con su escalera cubierta de mosaicos funerarios y una escultura de Apolo del s. II. También encontramos apartamentos privados dominados por una decoración de paredes finamente cortadas en yeso, decoradas con meandros y nudos de follaje. Absortos y mirándolo todo íbamos de unas salas a otras.

El museo también contiene una rica colección de estatuas de mármol que representan a dioses y emperadores romanos, así como, piezas extraídas de las excavaciones de Dougga o Cartago, sobre todo máscaras, estatuas de terracota y las estelas. El museo quedó marcado de forma sangrienta el 18 de marzo de 2015, cuando un grupo terroristas el ISIS atacó el museo y tomó como rehenes a turistas en el edificio, matando a 22 personas, la gran mayoría turistas extranjeros.

Finalizada la visita nos llevaron a la cercana población de Sidi Bou Said, lugar de asueto, descanso y veraneo para lo más granado de la sociedad tunecina desde el siglo XIX. El blanco y el azul se obligó por decreto en todas las construcciones, gracias al Barón Rodolphe d´Erlanger, algo parecido a lo que consiguió Cesar Manrique en Lanzarote, blanco y verde.

Con una privilegiada situación, sobre una colina frente al mar Mediterráneo, su imagen inexorablemente te transporta a las Islas Griegas. Aunque en sus inicios fue un asentamiento fenicio, incluso se dice que el famoso general Aníbal pasaba temporadas aquí, su actual nombre responde al nombre del sabio religioso del s. XIII, Abu Saïd Khalaf Ibn Yahya el-Tamimi el-Béji que vivió aquí.

Desde el parking donde te deja la guagua se puede acceder a la calle principal y luego subir hasta lo alto de la colina o perderte por alguno de sus callejones repletos de pequeñas tiendas de artesanías y souvenirs. El deslumbrante blanco del encalado de las casas resalta, aún más frente al añil, de las celosías moriscas de ventanas y grandes portones, con remaches de clavos de metal, que adornan con la protectora mano de Fátima y que guarda a sus moradores de la mala fortuna.

No te puede marchar sin visitar el Café des Nattes, también llamado café de las Esteras por estar decorado con ellas. Un lugar que rezuma historia, visitado por Oscar Wilde, Le Corbusier, Sartre, Simone de Beauvoir, etc, es un lugar tranquilo donde disfrutar de un aromático y rico té con piñones. Mientras doy pequeños sorbos al té, recostado al estilo árabe en este magnético lugar, cierro los ojos y dejo mi mente vagar por todas las imágenes de este maravilloso país, y solo me viene una palabra a la boca, shukran Túnez.