La costa Amalfitana se halla a unos 60 km de Nápoles, comprendida entre el golfo de Salerno y el de Sorrento, es una franja de tierra que se adentra en el mar Tirreno, perfumada por la fragancia de los limoneros, sus pueblos suspendidos parece que se asomen a un balcón al mar, pequeños y encantadores, y todo unido mediante el hilo conductor que es la sinuosa carretera que traza toda la línea del litoral,  la Nastro Azzuro, con sus espléndidas vistas sobre un mar añil que reverbera como juego de colores entre el verde de la vegetación y las casas de colores que salpican sus laderas.

Sorrento

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Nosotros elegimos Sorrento como base para visitar la costa Amalfitana, también conviene aclarar que el principal problema es el de encontrar un lugar donde aparcar el coche o un parking cuyos precios no fueran desorbitados. Por ello, en esta época del año si se puede viajar en guagua será mucho mejor.

El punto central es la Piazza Tasso, con la estatua del poeta Torquato Tasso, que divide el corso Italia en dos, a partir de esta parte y en las calles paralelas es donde se ubican las mejores tiendas y palazzos de la ciudad. El bullicio es enorme, el ir y venir de turistas que han sido como vomitados de miles de autobuses, se abalanzan sobre las tiendas de souvenirs. Esto contrasta con otras calles algo más alejadas donde la fragancia de las tiendas de chocolate o limoncello se mezcla con los olores de las pequeñas tavernes, pasticcerias y panificios.

También en esta parte del corso se encuentra la Catedral de San Filippo y Giacomo, aunque presenta una fachada reconstruida en 1924 en estilo neo-gótico, su interior en  forma de una cruz latina, con tres naves separadas por catorce columnas y techos, decorados con pinturas de estilo barroco en la que destaca un trono arzobispal de mármol, y un coro de madera taraceada.

Nuestros pies andarines nos llevaron hasta la Piazza della Vittoria, un balcón al Golfo de Nápoles, con jardín público  y una terraza con unas vistas exclusivas sobre el Puerto

Continuamos por la via Vittorio Veneto se llega a Iglesia y Claustro de San Francesco, el monasterio data del s. VIII y el claustro del s. XIV, con elementos que proceden de antiguos templos paganos de la península sorrentina. Delante se abre la Villa Comunale, de animados jardines, con un ascensor que baja hasta el puerto y la Marina Piccola, pero también hay una escalera que te permite el descenso.

La escalera termina a los pies de las casetas de pescadores y zonas de baño, que no playas. Esto permite el deleite de los turistas más atrevidos a darse un chapuzón. Un sendero nos lleva hasta la Marina Picola, donde se compran los billetes para las rutas en barco a los diferentes pueblos de la costa amalfitana como; Positano, Praino, Amalfi, Minori o Maiori, Vietri sul Mare o Salerno,  pero también hacia Capri, Napoles, etc…Desde el muelle tenemos la imagen más repetida de Sorrento, sobre la muralla medieval, apretada contra el acantilado que sostiene alguno de los palacios y edificios más notables, como el Excelsior Vittoria. Se puede subir andando o tomar una guagua que te deje en la Plaza de San Antonio.

Frente a los jardines de la Plaza de San Antonino, se encuentra la iglesia o basílica dedicada al patrón de Sorrento, San Antonio.  En su interior se puede ver un gran pesebre de la escuela napolitana de San Martino y en la cripta se custodia el cuerpo del santo.

De vuelta en la plaza Tasso, nos acercamos al valle de los Molinos, donde se ven las ruinas de un antiguo molino de piedra solida del s. X que se utilizó para moler el trigo con la fuerza del agua proveniente de dos riachuelos que han ido creando estas profundas gargantas. A la izquierda vemos la fachada en amarillo del Santuario de la Madonna del Carmine, reconstruida a finales del s. XVI  sobre las bases de una iglesia antes dedicada a los Santos Mártires Sorrentinos.

No podemos dejar Sorrento sin nombrar otro monumento, pero esta vez, gastronómico, alejado del bullicioso centro, una pequeña taverne, la Cantinaccia del Popolo ( via Bernardino Rota, 3, tfno: +39 366 101 5497), regentada por Peppe y su familia, con aire de charcutería, con jamones colgados del techo y numerosos tipos de quesos expuestos, cuatro o cinco mesas en el interior y una amplia terraza fuera.  Diversos platos de  pasta, parmigiana di melanzane, la flor de zucca,  pescados o carnes son platos deliciosos, todo regado por el vino rosso de la casa.

Positano

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Los 56 kilómetros entre Sorrento y Salerno se pueden recorrer en varias etapas para disfrutar de estos pueblos y paisajes en una época del año en la que todavía no hay un turismo masificado, el tiempo no es caluroso y se puede conducir por la estrecha carretera sin demasiados sobresaltos, pero muy atento a las guaguas de turistas que se ocupan todo el espacio. 

La Costiera, es la carretera que recorre toda la costa Amalfitana, se caracteriza por su estrechez, por los acantilados, por las vistas al mar Mediterráneo surcado por las estelas de pequeñas embarcaciones y sobre todo, por esas poblaciones encaramadas a la montaña que miran con vértigo al mar, protegidas por  pequeñas bahías. En cada curva o recodo de la vía se abre una nueva panorámica. Dejamos atrás el archipiélago de las Islas de Li Galli o Le Sirenuse,  en referencia a las sirenas mitológicas,  formado por tres islas principales, Gallo Lungo, Gallo dei Briganti y la Rotonda, seguimos entre pinos y bosque mediterráneo, parándonos aquí y allá, queriendo captar toda la belleza posible.

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Vista de Positano y de la Spiaggia Grande desde via Positea

Creo que he repetido muchas veces los de “casas colgadas sobre el acantilado”, pero es que es así, Positano está suspendida en las dos laderas de la montaña, como saludándonos cada amanecer, casas blancas y buganvillas, se repiten por doquier. De la carretera principal  nos desviamos por la via Pasitea, estrecha y serpenteante, me recuerda a la famosa etapa del tour de Francia, Alpe d’Huez. Encontrar aparcamiento aquí es una odisea, pero sí hay varios parkings pequeños a precios desorbitados ( 20€/noche o 5 €/h) .

Llegamos a la parte central de Positano, la Piazza dei Mulini. Nuestro B&B La Bouganville, estaba a dos pasos de la plaza, ideal para descubrir el glamour y la belleza de este encantador y recoleto pueblecito. A partir de aquí, lo único que puedes hacer es empezar a descender por las diferentes calles peatonales con dirección a la playa principal y a la Marina

La Via dei Mulini, desciende entre árboles y galerías de arte, la mayoría de las cuales se puede visitar de manera gratuita. Esta calle nos deja en la Piazza di Flavio Gioia, donde veremos la iglesia más importante de Positano, la Chiesa di Santa Maria Assunta, cuya cúpula se ve desde todos lados. Nosotros la encontramos cerrada.

Continuamos descendiendo entre las tiendas de ropa de marca, de diseño de joyas, artículos de lujo, etc… hasta llegar a la zona más baja del pueblo, la via Marina, repleta de restaurantes y el mejor lugar para descalzarse y caminar por la playa de arena negra, Spiaggia Grande, donde yacen las barcas de pescadores varadas hasta la próxima faena.

Desde la orilla se aprecia el desnivel y como la mayoría de las casas se pegan literalmente a la montaña en un esfuerzo titánico por no caer al vacio. Las vistas son espectaculares, todo colorido y glamour. A la derecha de la playa encontramos, la Marina, el pequeño puerto desde donde salen todas las excursiones en barco por la zona. Al fondo, se ven la Torre Trasita, en primer término y al fondo la Torre Clavel, entre ellas dos está la Playa del Fornillo.

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Nos dejamos mecer por la ligera brisa del atardecer y disfrutamos de una cena romántica en la terraza del restaurante “Le Tre Sorelle“, bajo la tenue luz y el parloteo lejano de las gaviotas, apagado por el rumor de las olas del mar, al romper incesante contra la orilla de la playa.

Con el nuevo amanecer, nuevo camino que recorrer, dejamos Positano por la via de Cristoforo Colombo, atravesando boutiques, restaurantes y con unas preciosas vistas del pueblo que aun bosteza y del mar Tirreno. La carretera atraviesa Praiano, un antiguo pueblo de pescadores, hoy un lugar de veraneo discreto. Ya desde Positano veíamos su silueta sobre la montaña bañada por los rayos del sol. Tal vez el elemento más resultón sea su iglesia de color calabaza, dedicada a San Lucas Evangelista. Pasado el pueblo encontramos la Marina di Praia, una playa de callados, al pie del acantilado, protegida por una antigua torre de vigilancia sarracena, Torre a Mare, que ocupa un lugar privilegiado y que nosotros confundimos con el pueblo de Furore.

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La Marina de Furore, ya que el pueblo se encuentra en la parte alta de la montaña, es una lengua de mar que se adentra en tierra, rellenando lo que antaño fue un valle excavado en forma de U por la erosión de los glaciares, es decir un fiordoFurore, denominado como “el pueblo que no existe” por  lo difícil que es encontrar su entrada, ya que no hay lugar para aparcar el coche y la carretera pasa sobre un  puente de piedra, con arco de medio punto que está suspendido a treinta metros de altura y que une ambas riberas. Solo se puede acceder a su playa caminando. Cerca del pueblo, Conca dei Marini, se encuentra la Grotta dello Smeraldo,  descubierta en 1932 por un marinero local. Es una gruta similar a la Gruta Azul de Capri, pero en este caso el color es verde esmeralda. Decidimos continuar.

Amalfi

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Llegamos temprano a la antigua República Marítima, una velada cortina de agua desdibujaba su silueta. Dice la historia que tuvo un papel preponderante en el comercio del Mediterráneo, de ahí su patrimonio histórico y artístico, que luego se observa en sus monumentos, tal vez desde el punto de vista plástico sea uno de los pueblos que es mejor verlo desde el mar; su casco medieval, clavado a las paredes del acantilado, donde las casas de colores se mezclan con el azul del mar y del cielo, formando una magnifica instantánea.

Dejamos el coche en el parking del muelle y caminamos en dirección a la Piazza Flavio Gioia, entrando por la Puerta de la Marina. 

La fina lluvia no nos daba tregua cuando llegamos a la plaza del Duomo, rodeada por cafés y restaurantes cuyas terrazas permanecían vacías. Delante de nosotros apareció la empinada y majestuosa escalinata que lleva hasta la entrada del atrio porticado del Duomo o Catedral de San Andrés.

En realidad es un complejo arquitectónico que incluye; una escalera que conduce a la entrada del atrio, dos iglesias internamente comunicadas, un campanario, una cripta inferior y el Claustro del Paraíso. Construida a partir del s. IX se adorna en diversos estilos arquitectónicos,  románico árabe-normando, barroco, gótico, etc…fruto del paso de diferentes pueblos por la ciudad. Mientras la fachada data del s. XIII, compuesta por mampostería siciliana árabe-normanda, el campanario es del s. XII-XIII.

Entramos ansiosos por el Claustro del Paraíso de inconfundible estilo árabe normando. Construido en el s. XIII era el lugar donde se enterraban a los nobles de Amalfi. Está formado por un cuadrángulo con arcos entrelazados apoyados sobre dos columnas, lo rodean seis capillas pintadas con restos del siglo XIV. En el centro del claustro, podemos ver el campanario de la Catedral decorado en estilo morisco. 

A continuación se visita la Basílica del Crucifijo del s. IX,  construida sobre una iglesia paleocristiana; hoy en día alberga el Museo Diocesano, donde se exponen algunos objetos y ornamentos litúrgicos de gran valor. En alguna de las capillas quedan restos de pintura y murales de los s. XIII-XIV. Sobre el altar central cuelga un gran Crucifijo de madera del s. XIII.

Unas escaleras descienden hasta la Cripta, la impresión de magnificencia es notoria, el barroco lo inunda todo, no queda ningún espacio libre por decorar. En la bóveda se han pintado escenas de la Pasión de Jesús. Fue construida en el s. XIII para albergar los restos del apóstol San Andrés, que se conservan en urna de plata bajo el altar central. Dicen que su cuerpo se trasladó a Constantinopla durante la IV Cruzada y en 1208 llegó a Amalfi gracias al Cardenal Pedro Capuano. El altar está decorado con una estatua de bronce de San Andrés,  obra de Miguel Ángel Naccherino y las estatuas de mármol de San Esteban, San Lorenzo y San Pedro originales de Bernini.

Por último, visitamos la Basílica de San Andrés,  su interior ha sido remodelado en estilo barroco. Tiene planta basilical con crucero y ábside; el conjunto está cubierto por mármol y contiene las columnas antiguas. Los pasillos están cubiertos por un techo artesonado. En el altar mayor se encuentra un gran lienzo que representa la Crucifixión de San Andrés Apóstol .

Cuando salimos de la Iglesia la lluvia había cesado, caminamos a lo largo de la calle principal, via Lorenzo d’Amalfi, una estrecha calle, con altos edificios de pórticos encalados y arcadas entre ellos, que conduce a la parte alta de la ciudad. Numerosas calles, más estrechas, parten de esta arteria principal, otras son simples escaleras que se pierden en la oscuridad. La calle, ahora llena de turistas, que curiosean en los comercios, tiendas de cerámicas, heladerías, pequeños negocios de venta de productos típicos y bares donde sentarse a tomar un aperitivo. Continuamos hasta la pequeña Piazza dello Spirito Santo, donde encontramos una singular fuente de roca volcánica con agua que brota de dos caras de mármol del s. XVIII, en donde montan un belén de estilo napolitano.

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Decidimos regresar desandando nuestros pasos y tomarnos un tentempié en la pescheriafriggitoria, donde frecen una gran variedad de pescado, trozos de bacalao, anchoas, camarones, calamares, rebozados y fritos; servidos en el “cuoppo” tradicional, un cono, obtenido enrollando una hoja de papel.

Nuevamente en la plaza Flavio Gioia desde la cual se ve el antiguo Arsenal donde se construían las famosas galeras con más de cien remos, destinadas a la carga de mercancías provenientes de los mercados orientales. Por cierto, a este señor se le atribuye el descubrimiento de la brújula aunque hay muchos detractores.

Seguimos paralelos a la playa hasta llegar a la Piazza Municipio, a la derecha delante de unos bonitos jardines se ve el ayuntamiento y a la izquierda la entrada al ascensor, al que se accede por un túnel horadado en la montaña y que asciende hasta el monumental cementerio de Amalfi,

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desde el cual se tienen unas vistas privilegiadas de toda la ciudad. Tuvimos que esperar un rato para descender en el ascensor hasta que alguien subió nuevamente. Nunca supimos si teníamos que pagar por usarlo, jajaja.

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Nos despedimos de Amalfi con una última imagen de la playa de arena volcánica y continuamos hacia nuestro próximo destino Ravello.

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Pueblo de Atrani, imagen cedida por Amalfi travel

Siguiendo la Costiera, SS163 pasamos por el pueblo de Atrani. La carretera lo divide en dos partes, la playa y la ciudad, situada en la desembocadura del valle Dragone, sus casas forman un conjunto compacto, abigarrado con la iglesia de Santa María Magdalena del s. XIII como bandera ondeante, presenta una fachada de estilo barroco y una cúpula  recubierta de mayólica. En el pueblo de Castiglione tomamos el desvío hacia Ravello y Scala los pueblo que se ubican en lo alto de la montaña. Una neblina densa se unió a la serpenteante y curvilínea carretera bacheada. ¡Ojo!, porque hay un tramo con un semáforo temporal que solo permite el paso de los vehículos en un solo carril.

Ravello

Dejamos el coche en el  parking del Auditorium Oscar Niemeyer y después de acomodarnos en el Casa Vacanze Vittoria, nos dirigimos a la plaza principal de la localidad, había anochecido y gran número de personas se había congregado para ver la procesión de los Battenti (flagelados) que se remonta hasta el s. XIII. Vestidos con sus túnicas blancas y encapuchados se detienen para cantar y pedir clemencia. Decidimos acompañar la procesión que comienza en la Catedral de Ravello, llega al monasterio de Santa Chiara, a lo largo de la ruta hacia Cimbrone y regresa por la Piazza Fontana.  Íbamos inmersos en una profunda oscuridad, solo rota por las antorchas que se quemaban a lo largo de las calles y alguna que otra farola sostenida por los Battenti

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Vistas de la plaza principal de Ravello, Piazza Vescovado

Al día siguiente un sol radiante nos despertó y por fin pudimos ver la belleza del lugar. Iniciamos nuestra visita por la plaza principal, Piazza Vescovado, donde se encuentran dos de los lugares más destacados de Ravello, por un lado el Duomo, dedicado a Santa María de la Asunción y a San Pantaleón y por otro, la Villa Rufolo, una finca que perteneció a un acaudalado comerciante y su familia. 

La Catedral de Ravello o Basílica de Santa Maria Assunta e San Pantaleone, del s. XI, presenta una fachada simple, donde destaca una puerta de bronce del año 1179 realizada por Barisano da Trani con una imagen de un león en el picaporte y ricamente decorada. En el interior se encuentra la reliquia con la sangre de San Pantaleón, que cada año experimenta el fenómeno de la licuefacción. Lo que más nos gustó fue el púlpito o ambón de mármol obra de Bartolomeo da Foggia.

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A escasos pasos de la iglesia se encuentra Villa Rufolo, construida en el s. XIII, en estilo árabe, siciliano y normando, para la dinastía de los Rufolo y posteriormente residencia de papas y reyes. Se accede a través del arco gótico ojival de una torre y un camino ajardinado te introduce a un patio morisco con columnas y arcadas, en su salida unos escalones dan acceso a la Torre Maggiore, de 30 metros de altura que alberga un museo sobre la historia y los personajes de la villa.

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Desde su parte más alta las vistas son espectaculares sobre el golfo de Sorrento, los pueblos de la Costa Amalfitana, las montañas y pueblos que rodean Ravello.

El estado actual de la villa se debe al noble, botánico y experto en arte antiguo Francis Neville Reid, quién a mitad de s. XIX acometió las obras de restauración, dotándola de unos magníficos jardines en cascada, a los que se denomina “El Jardín del Alma” o Belvedere. Se dice que la belleza de estos jardines inspiró a Richard Wagner para componer el 2º acto de su obra “Parsifal“. Aquí se celebra todos los años, desde 1953 un festival de música, el “Festival de Ravello“.

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Vistas del pueblo Scala al otro lado de valle Dragone

De vuelta a la plaza nos detuvimos a ver las vistas panorámicas sobre el pueblo que se abre  al otro lado del valle Dragone, Scala, un burgo de raíces romanas, protegido por dos castillos y donde destaca a lo lejos la figura de la Cattedrale di San Lorenzo, ya mencionada en un documento de 1169. 

Tomamos la deliciosa via Roma, con sus tiendecitas de recuerdos, productos típicos, cuadros, vinos y el famoso limoncello,. La vía discurre desde la plaza y pasa bajo las arcadas medievales y nos lleva a la iglesia La iglesia de Santa Maria a Gradillo, construida en el s. XI y reformada varias veces presenta un aspecto compacto, con sus tres portales, coronados por lunetas ojivales y un campanario adjunto de planta cuadrada, con ventanas geminadas y circulares.

Ahora subimos por via dell’Ospedale, y a mitad de calle, nos sorprende una pequeña ermita excavada en la roca, conocida como Madonna dell’Ospedale. La via termina en la Piazza Fontana, en cuyo centro se levanta una fuente adornada con leones y toros alados y frente a ella la capilla de San Agustín, restos de un antiguo monasterio.  De vuelta entre las callejuelas vemos la iglesia de San Giovanni del Toro del s. XI, consagrada al apóstol San Juan.

Desde la plaza del Vescovado, donde descansamos un poco de tanto ajetreo para tomarnos un aperitivo y proseguir con el camino que habíamos recorrido por la noche en el via cruxis. Tomando la via San Francesco, un camino empedrado que sube hasta la iglesia de San Francesco alla Chiappetta, consagrada a San Francisco de Asís y el convento de la Chiappetta propiedad de la orden de los franciscanos. Continuando ahora por la vía Santa Chiara, que ofrece una hermosa vista de las montañas que se elevan alrededor de Ravello, se llega a otra iglesia, el Monastero e Chiesa di Santa Chiara, precedida por un pequeño porche, de tres naves con columnas antiguas y un suelo de baldosas de mayólica. El monasterio contiguo fue fundado en 1333. La mayoría de estos edificios son del siglo XIII pero reconstruidos en los siglos posteriores. Una escalera a la derecha conduce a Villa Cimbrone, erigida a inicios del siglo XX y famosa por su “terraza al infinito”, decidimos no visitarla.

Nos despedimos de Ravello con las imágenes todavía en la retina de su procesión, sus estrechos caminos empedrados, sus fragantes limoneros y las vistas vertiginosas sobre la costa Amalfitana que todavía nos queda por recorrer. Nuevamente en la Costera, apenas hemos recorrido un kilómetro y cruzamos el pueblo de Minori. Famosa antiguamente por sus molinos de agua y fábricas de pasta que hoy en día siguen atrayendo al personal. 

No paramos porque íbamos mal de tiempo y continuamos por los pueblos de pescadores de Cetara y Maiori, éste última, dominado por el Castillo de San Nicola de Thoro-Plano, reconstruido en el siglo XV y con una de las playas de arena fina más grande de toda la costa. Nos detuvimos a fotografiar la iglesia de Santa Maria a Mareque custodia una estatua de la Virgen encontrada flotando en el mar. 

Pasada las dos de la tarde llegamos a Vietri sul mare, nos dirigimos directamente a la zona de la Marina que se abre al mar, cerca de la playa y de la Torre de Marina de Vietri, usada para avistar piratas. La ciudad es conocida por sus cerámicas policromadas, una tradición desde el s. XV. No tuvimos tiempo para disfrutar de la iglesia de San Juan el Bautista, un edificio de estilo renacentista napolitano con un alto campanario, así como de otros edificios que exhiben cerámica en sus fachadas y que vimos en la parte alta de la ciudad al salir después de haber almorzado.

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Nos despedimos de la Costa Amalfitana con la imagen del Golfo de Salerno, surcado por grandes barcos que se dirigían al puerto. Italia siempre guarda una sorpresa en alguna parte de esa estirada bota rodeada del mar Mediterráneo.