Arrullados por las olas que golpean el casco del barco y  que levanta la espuma que nos moja el rostro como queriendo despertándonos de un sueño fabuloso que nos impide dejar de mirar atónitos la belleza de la isla que a cada ola nos permite ver de forma velada sus formidables acantilados, sus pueblos encaramados en las vertientes de las montañas regados por un sol todavía dubitativo a estas horas de la mañana nos permite, ahora sí vislumbrar con mayor nitidez la isla de Capri.

Sorrento fue nuestro punto de partida, compramos el biglietto del ferry  (19,8€/pp) en la ventanilla de NLG, el trayecto dura 30 minutos, primero costeando hasta la Punta Campanella, antes de introducirnos en las aguas azul añil del mar Tirreno, para cruzar las 9 millas que nos separan de Capri. Desde época romana ha sido un lugar de ocio y descanso de la aristocracia romana. Tiberio mandó a construir varias villas que han llegado hasta nuestros días, la mejor conservada Villa Jovisdesde entonces hasta nuestros días han pasado por aquí toda la jet set internacional, actores, poetas, políticos, deportistas, etc..desde Lenin, Oscar Wilde, Pablo Neruda, pasando por Gina Lollobrígida, Richard Gere, o Mesi.

El ferry atraca en una ensenada llamada Marina Grande, que hace las veces de puerto, donde se mezclan desde los grandes cruceros hasta las diminutas barcas de pesca, casi varadas al pie de la estrecha y diminuta playa. Frente a ella se abigarran un conjunto de casas alineadas en una franja delimitada por una pared que se eleva hasta la montaña. Con la llegada de cada barco se produce un hormigueo de turistas y locales, unos en busca de otros, como arañas que tejen una red, para conseguir vender una excursión, un tour, un alojamiento o simplemente que te sientes en alguno de los bares, restaurantes o tiendas de souvenirs de la zona.

Nosotros decidimos tomar una guagua (2,5€/pp) que nos llevase al pueblo de Anacapri, pues es el que está más alejado y dejar para el final el pueblo de Capri por estar más cerca de la Marina Grande y de las oficinas de parada del ferry. La carretera serpentea por la montaña, estrecha y bacheada, siempre con el abismo y el mar infinito a nuestra derecha.

Realmente es una carretera panorámica que termina cuando el conductor anuncia que has llegado a la Piazza Vittoria en Anacapri, a la derecha un tramo de escaleras conduce a la entrada del telesilla al monte Solaro y via Capodimonte, un el carril que conduce al Museo di Villa San Michele y al mirador panorámico que da al golfo de Nápoles , a la izquierda comienza la via Giuseppe Orlandi, una calle peatonal llena de talleres artesanales que serpentea a través del centro histórico de Anacapri.

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A pocos pasos a pie por via Giuseppe Orlandi, se llega a Casa Rossa , un llamativo edificio pintado en rojo pompeyano y de una mezcla excéntrica de estilos arquitectónicos. Residencia del coronel estadounidense J.C. MacKowen , que la mandó a construir entre 1876 y 1899 entorno a una torre del siglo XVI .

A la derecha de la Casa Rossa, se abre la Piazza San Nicola que alberga la iglesia de San Michele Arcangelo, construida  entre los s. XVII y XVIII, en estilo barroco. Estaba cerrada y no pudimos ver  la mayólica del pavimento de cerámica (riggiole) de 1761 pintados por el maestro  Leonardo Chiaiese, que muestran diferentes escenas como la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, flores, animales fantásticos, etc.

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Si nos desviamos por el siguiente callejón a la derecha llegaremos al el “Boffe” , uno de los distritos más antiguos de Anacapri. Este es el mejor lugar para ver las casas con bóveda de cañón, de ahí el nombre de, Piazza Boffe.

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De vuelta a la via Giuseppe Orlandi, vemos una pequeña plaza pavimentada de ladrillo rojo que cuenta con bancos de mármol decorados por el artista local, Sergio Rubino. Aquí se alza la iglesia de Santa Sofía, construida en el siglo XVI en el lugar de la antigua iglesia parroquial de Santa Maria di Costantinopoli, con fachada barroca que, en parte, oculta un campanario  del s. XVIII, en su interior destaca las bóvedas de cañón  sobre la nave central.

Al final se llega a la via Tuoro ,donde se puede tomar la guagua (2 €/pp) que nos llevará a la Gruta Azul. Una escalera te deja a los pies de un portalón de cemento donde unas barcas de madera con capacidad para cuatro personas y un remero te recojen por turno. El remero te obliga a estirarte “cubito supino” en la barca, tal  como sardinas en lata. De esta guisa nos acerca al barco donde se ubica la oficina de venta de los ticket (10 + 4 €/pp), gruta + barca.

Una vez comprado se forma una procesión de barcas danzando sobre las olas que arremete contra el farallón donde se vislumbra la entrada a una cueva, cuyo diámetro puede estar sobre el metro, aunque en nuestro caso la marea estaba alta y el mar algo levantado que hacía difícil la entrada y salida de la gruta, incluso a veces el orificio queda completamente sumergido por la ola. En general se produce un momento de nerviosismo cuando te indican que permanezcas lo más acostado que puedas,  en ese momento el barquero tira de una cadena adosada a la pared de entrada y la barca se desliza hacia el interior de la cueva.

La cueva marina tiene una anchura de 25 metros y profundidad de 60 metros, la oscuridad es intensa al principio, pero de repente, como un rayo azul deslumbrante, se ve el efecto de la reflexión de la luz del sol en el interior de la cueva que provoca que el agua cristalina se tiña de azul turquesa. Algunos remeros se ponen a cantar voz en grito; canciones típicas italianas,  con el objetivo de recaudar una buena propina. Al salir nuevamente se disponen las barcas en fila para que al ritmo de las olas la cueva las vaya escupiendo una a una.

Tomamos la guagua de regreso (2€/pp), que nos llevó a la terminal de guaguas de Anacapri a unos 50 mts de la Piazza Vittoria, desde donde se toman las guaguas hasta Capri (2 €/pp). Recorremos la misma carretera panorámica pero ahora nos deja en la terminal de autobuses de via Roma en Capri, las vistas sobre las montañas que se extienden a la izquierda, donde las construcciones se escalonan quedando cada vez menos terreno vegetal, y sobre el puerto y la Marina Grande son simplemente espectaculares.

Continuamos caminando por esta via hasta llegar a la piazza Umberto I, más conocida como la Piazzetta, aquí se encuentra la iglesia de San Stefano, la torre del reloj y muchos restaurantes y boutiques exclusivos. Es un hormigueo constante de turistas, me imagino que en verano será imposible caminar o tomarse algo en cualquiera de los bares de la zona.

Hasta esta plaza llega el funicular (2,5 €/pp) desde la Marina Grande, también se puede subir las escaleras de la cuesta de San Francisco o llegar en guagua (2 €/pp). Decidimos  dedicarnos a la “dolce vita“, es decir,  al “estilo de vida frívolo y placentero”  y sentarnos en el bar Funicular, el de la terraza,  con vista al puerto y degustar un par de pizzas y una cervezas (27,5€) para continuar nuestra visita por las calles comerciales repletas de lujo y glamour, via Vittorio Emanuelle, la Via Croce, etc…

Comenzaba a lloviznar levemente, sin un destino fijo, callejeábamos y de repente nos encontramos en la via dell Castiglione, un sendero que te conduce a la otra vertiente de la isla y que nos llevó al mirador Belvedere di Punta Cannone.

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A la derecha se vislumbran, como surgidos de la fina cortina de agua que nos empapaba, las imágenes fantasmagóricas de los Faraglioni, los tres picos rocosos que se denominan: el primero, unido al continente, es el Faraglione di Terra o Stella; el segundo, separado por el mar, es el de Mezzo; cuenta con un arco central por el que pasan los barcos para deleite de los turistas y el tercero, que se extiende hacia el mar, es el Faraglione di Fuori o Scopolo, es el único en el que habita el famoso lagarto azul . Estos tres forman una de las imágenes más conocidas de la isla de Capri.

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A nuestra izquierda, como si de un barco fondeado se tratase, se vislumbra la Marina Piccola, en la base del acantilado cortado a pico del monte Solaro, frente al azul turquesa del mar Tirreno. La playa de transparentes aguas y suave arena está dividida en dos bahías, la Marina di Pennauro a la izquierda y la Marina Mulo a la derecha, que quedan divididas por el ‘Scoglio delle Sirene’,  que recibe este nombre por el pasaje de “La Odisea” de Homero donde estos seres trataban de seducir, con sus seductoras voces, a Ulises y a su tripulación durante su largo viaje de regreso a Ítaca. Sobre ella se encaraman las blancas casas del pueblo sobre el verdor de la vegetación de la montaña.

También desde este punto se pueden ver parte de los jardines de Augusto, la Certosa di San Giacomo y la via Krupp, que serpentea en el acantilado para llegar hasta la Marina Piccola, llamada así en honor al industrial alemán que decidió construirla, Friedrich Alfred Krupp, magnate del acero, a finales del siglo XIX. Los jardines que originalmente eran conocidos por el nombre de Krupp Gardens, formaban parte de su mansión, diseñados en terrazas con vistas al mar tienen una panorámica sobre el Monte Solaro, la bahía de la Marina Piccola y de los Faraglioni.

Como seguía lloviendo decidimos bajar hasta la Marina Grande, nuevamente en guagua (2€/pp), porque el funicular tenía alguna avería, compramos el billete de regreso a Sorrento, esta vez con la compañía Alilauro (18 €/pp) simplemente porque era la primera que salía y mientras hacíamos tiempo dimos una vuelta por el puerto pesquero.

Realmente las barcas se abigarran en el frente de los restaurantes, un malecón de cemento de pocos metros de ancho termina bruscamente en el agua y ahí es donde los pescadores tienen varadas las barcas. Unos metros más al fondo se guardan los útiles de pesca y los barcos de más eslora.

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Nos fuimos con pena, con la sensación de que deberíamos haber hecho noche, para disfrutar del paseo alrededor de la isla, para visitar alguna de las antiguas villas romanas,  o subir en telesilla al monte Solaro, visitar el Arco Naturale, o simplemente pasear al atardecer por las calles, ya vacías de turistas, y mirar el atardecer desde una terraza con una copa de prosecco en la mano y brindar por nosotros y el amor…