Habíamos oído hablar de este singular pueblo, Los TANA TOROJA, que habitan en la zona central de SULAWESI o antigua CÉLEBES, descubiertas por los portugueses en 1512, son fácilmente reconocibles por sus viviendas llamadas Tongkonan,  que se elevan sobre grandes pilares de madera, bellamente talladas en vivos colores que culmina en una techumbre que emula a un barco invertido, diseminados por valles cubiertos de brumas y grandes extensiones de arrozales en terrazas con los típico búfalos de agua. Pero si algo impacta de verdad son sus rituales de muerte y enterramientos.

Llegamos a MAKASSAR por avión, Lion air (840.000 IDR/pp) vía BALI,  a las 18:15 horas después de 3 horas de vuelo. Rápidamente y con poco tiempo para el regateo nos trasladamos desde la terminal del Hasanuddin Airport a la estación de guaguas en Makassar que se llama Daya . A las 21:00 horas salía nuestro autobús nocturno de la compañía Bus Metro Permai, 170.000 IDR/pp (13€) con asientos que se transforman en verdaderas camas con almohada y manta, de dibujos animados. El recorrido de 3000 km con una parada técnica, se realiza en 9 horas por carreteras en constantes obras y algunos baches, con caras de sueño y molidos amanecimos a las 6:00 de la mañana en RANTEPAO, Rantepao es una ciudad y capital del Norte Toraja Regency, que es conocida por el centro cultural de la etnia Toraja…..bueno a unos 10 km del centro del pueblo, ya que nuestro hotel, el Heritage Toraja, se encuentra a esa distancia del pueblo y a 1 km largo desde dónde paró la guagua.

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Tuvimos que dejar las mochilas en un cuarto oscuro en el hotel y sin ducharnos intentamos contratar alguna excursión en la recepción del hotel, pero la respuesta fue que ellos no se dedicaban a eso y que no conocían a nadie. Mal empezábamos, pero de repente apareció un guía espabilado que después de una fuerte negociación, con Ire de jefa, conseguimos dos días de excursión (2 M IDR).

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La primera jornada la dedicaríamos a los pueblos al sur de Rantepao, Lemo, Suaya, Tampagallo, Kambira, Balik y Ke’Te Kesu. Los Tana Toraja son una comunidad de casi medio millón de personas, mayoritariamente cristianos protestantes, por su pasado de colonia holandesa, recordemos que Indonesia es el país musulmán más poblado del mundo. Tiene una tradición antiquísima, manteniendo vivas las creencias animistas anteriores al cristianismo. Ellos creen que el espíritu del difunto permanece junto al cuerpo aún después de la muerte y los funerales Toraja tienen por objeto enviar el espíritu al más allá.

El primer pueblo que visitamos fue LEMO, a unos 15 km de RANTEPAO, se encuentra en un pequeño valle con campos de arroz, muy tranquilo, exuda serenidad. En todos estos lugares se paga una entrada, 20.000 IDR/pp, un sendero entre los campos te conduce hasta el acantilado donde se encuentran los enterramientos.

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Los Torojas excavan las tumbas en cuevas, donde depositan los ataúdes. Estos están custodiados por balcones donde sitúan los característicos Tau Tau, figuras a tamaño real, talladas en madera o piedra con gran realismo, que identifican los rasgos físicos de los personajes enterrados. La mayoría de las veces posan con las manos abiertas para recibir ofrendas. se puede observar que los tau tau se han ido perfeccionando, los más antiguos y deteriorados eran poco elaborados, pero los más recientes son más definidos, con más detalles.

Nos dirigimos ahora más al sur, al distrito de SANGALLA, en el pueblo de SUAYA, nos encontramos en un nuevo valle, este parece mucho más fértil y preñado de arrozales y estanques. Aquí encontraremos unas tumbas perteneciente exclusivamente a la familia Real de Sangalla, la clase noble, el Puang o jefe de la familia.

Las tumbas se encuentran excavadas en la pared del acantilado a 70 metros de altura y vemos que su número es menor, ya que solo contienen a los miembros de esta familia. También hay un pequeño “museo” en el lado derecho, donde podemos ver a través de los cristales, cráneos, huesos y algunos viejos ataúdes de madera con forma de animales, búfalos, cerdos, etc…llamados erong.

Desde SUAYA fuimos caminando hasta las cuevas de TAMPANGALLO (Tampang Allo), atravesamos varias aldeas con sus típicas construcciones, Tongkonan, las hay de tres tipos las mayores son las casas, las medianas o alang, son los graneros de arroz y en las pequeñas reposan los muertos hasta el día del funeral.  El paseo fue aproximadamente de 2 km hasta llegar a un gran arrozal en el que encontramos un desvencijado puente de bambú que cruza un pequeño arroyo y un sendero de baldosas que indican el camino hasta la cueva natural.

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La cueva es de origen kárstico y se abre en el borde de la pared rocosa cubierta de vegetación. En las tumbas se encontraron decenas erong (ataúd con formas de animales), tau-tau, un montón de cráneos y huesos diseminados aquí y allá. Se dice que descansa el  Puang Menturino, su esposa y familia, descendientes de la divinidad mítica Tamborolangiq que, según la leyenda, descendió del cielo desde una escalera de piedra. Debido a la gran humedad, la mayoría de los ataúdes que estaban colocados en zonas altas, colgados en algún saliente o en andamios de madera se han venido abajo.

Volvemos al coche que nos lleva hasta KAMBIRA, el lugar donde se entierra en los árboles. Otra de las singularidades de este pueblo con la muerte, es el enterramiento de los bebes, a los que no le han salido los dientes, en los árboles, ellos creen que de esta manera regresan a la naturaleza, siendo alimentados por la sabia que sustituye a la leche materna. Se accede a través de un tupido bosque de bambú. El árbol elegido es el poko tara, jackfruit o jaca, dado que su madera es fácil de trabajar. Al árbol se le práctica un hueco donde se coloca el cuerpo del bebe en posición vertical, y debe estar en dirección opuesta a la casa. Finalmente se colocan unas puertas hechas de fibras de palma para la protección contra los malos espíritus. Los colocados a mayor altura indican que son de clase más alta.

El guía nos indica que vamos a pasar por una aldea llamada BALIK y que vamos a poder entrar en una casa tradicional, Tongkonan y ver como es la vida rural de este pueblo rodeado de arrozales. La palabra significa, literalmente “el lugar en que se reúne la familia”, y procede de la palabra tongkon, “sentarse”. En los poblados más grandes las casas se colocan en hileras, con la entrada siempre al norte. Frente a cada una de las viviendas se coloca el alang, granero de arroz, símbolo de la riqueza de la familia, formando una fila paralela de edificios.

Las casas se construyen sobre una base donde se apoyan unos pilares que la elevan del suelo evitando así las lluvias y los animales. Una escalera permite el acceso a la primera planta, donde se encuentran las principales habitaciones, todas ellas normalmente muy sencillas, decoradas con algunas fotos y muy pocos muebles, algún jergón para dormir y pequeños ventanucos en las paredes. En el exterior la madera está ligeramente tallada y policromada (tonos color tierra, naranja y negro).

Realmente, lo que hace únicas estas casas son sus techados, en forma de barco, la leyenda cuenta que procede de los ancestros venidos desde Camboya y al naufragar en estas islas usaron las quillas de sus embarcaciones como cubiertas, fuera como fuese, se observan tres tipos de techumbre, de tierra y ramas, de teja o uralita o de bambú y fibras vegetales.

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Nuestra siguiente parada fue el pueblo KE’TE KESU, uno de los lugares más interesantes de Tana Toraja. Sobre todo destaca por sus tongkonan, en este caso son viviendas en su mayoría. Algunas tenían en su fachada muchos cuernos de búfalo, todo un símbolo de estatus social. Aquello funcionaba como un museo al aire libre, y a algunas casas se podía entrar..

Aquel día Ke’te Kesu estaba más concurrido de lo normal por que se celebraba un festival de música internacional bastante famoso en Sulawesi. En el cartel anunciador salían dos personajes igualitos a los policías del cómic de Tin-Tin, Hernández y Fernández. Realmente tuvimos más éxito que los que estaban ensayando para tocar, todos querían hacerse fotos con nosotros.

Los motivos geométricos decoran las fachadas de las casas y cada color tiene su sentido: el rojo es la sangre, el negro la muerte y el blanco el espíritu. El número de cuernos de búfalo expuestos en la fachada de la casa principal, representa la cantidad de veces que se ha celebrado una ceremonia funeraria en ese lugar y es señal de prestigio y riqueza del mismo. El gallo, símbolo de prosperidad, no suele faltar.

Cerca de las casas de Ke’te Kesu, ubicado en un acantilado, se encuentra Bukit Buntu Ke’su, el antiguo cementerio con más de 700 años. Se asciende por una escalera y te vas encontrando ataúdes desgastados, medio podridos por la humedad y el paso del tiempo, algunos colgados de las paredes del acantilado, que parece que se van a venir abajo en cualquier momento. También había algunos tau-tau, las figuras de madera que representan a los difuntos; me dio la sensación de que emergían, desde la penumbra, curiosos a ver a los visitantes que se asomaban a las tumbas. Vestidos con ropas y a tamaño real, los más recientes eran muy realistas.

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La jornada siguiente la íbamos a dedicar a explorar la región del norte de Tana Toraja, pero nuestro guía nos sorprendió con la noticia de que se estaba celebrando un funeral en un pueblo perdido llamado NANKA y que si queríamos podríamos acercarnos. La ruta se realizó por una zona montañosa y rural con unos paisajes asombrosos preñados de arrozales, visitando Deri, Lempo, Bututumonga, Nanka, Pallawa, Bori y el Mercado de Búfalos de Bolu.

La carretera serpentea y se retuerce sobre si misma, siempre hacia el norte y elevándose al cielo; campos de cultivos, frutales, pequeños asentamientos diseminados, aquí y allá, con las típicas Tongkonan. Nuestra primera parada fue en los arrozales en terrazas de DERI, ante nuestros ojos se abre una inmensa panorámica, un valle que desciende en terrazas de arroz, de un intenso verdor, que se van interponiendo una sobre otras. Salpicando el paisajes destacan algunas formaciones rocosas que son utilizadas como tumbas.

Seguimos subiendo hasta LEMPO, una terraza mirador, en una curva con un pequeño apeadero. Las vistas ahora son kilométricas. Si el día está claro se puede divisar Rantepao y varias aldeas con sus tongkonan. Continuamos ascendiendo por las faldas del Gunung Sesean hasta llegar a BATUTUMONGA, nuevamente las vistas de los arrozales y lo que en principio te recuerdan a charcas, como espejos que refulgen el sol, y que no son más que los arrozales cubiertos de agua y preparados para sembrar los plantones de arroz.

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Fue toda una odisea la búsqueda de la aldea llamada NANKA, perdida en un paraje remoto, de difícil acceso a pesar del 4×4 en el que íbamos, por pistas de tierras embarradas, de pronunciadas pendientes y rodeados de vegetación, conseguimos finalmente llegar y todos, incluido el guía, suspiramos. La aldea era pequeña, encajada en una colina con la típica distribución, de dos filas de cuatro tongkonan, y en otra parte superior habían colocado los graneros de arroz, desde donde teníamos una atalaya perfecta para ver el funeral que ya había comenzado.

Para la cultura Toraja el funeral es el paso más importante en el ciclo de su vida. La primera parte del funeral es inmediata a la defunción, se realiza en la más estricta intimidad de la familia. El cadáver del difunto se limpia, tanto por dentro como por fuera y se le inyecta formol, también se usan ungüentos naturales a base de hojas para su embalsamamiento, finalmente se envuelve en vendas. El cuerpo permanece con la familia, dentro de ataúd con su foto expuesta, hasta que se celebre el funeral público, semanas, meses o incluso años, lo denominan makula, “enfermo”. Incluso, cada día, le llevan bebida, comida, lo cuidan y le dan conversación.

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La segunda parte del funeral es la celebración pública, se denomina tomate, y consideran que la sangre de los animales degollados, principalmente búfalos, ayudan al difunto a ganar el paraíso y la carne servirá para alimentar a los invitados e incluso los turistas visitantes durante los días que dure el funeral. La celebración la pagan los familiares, principalmente los hijos y su magnitud depende de la clase social, por esta razón muchas familias deben ahorrar durante años, llegando incluso a endeudarse. Las ceremonias se suelen celebrar entre los meses de junio y septiembre, meses posteriores a la cosecha y en los que los familiares que residen en otros lugares, pueden asistir al mismo.

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Es característico el sacrificio de búfalos y cerdos, adquiridos por familiares y amigos como expresión de obligaciones recíprocas entre ellos. Los búfalos albinos son signo de mayor estatus social dado el alto precio de los mismos. La sangre obtenida del sacrificio ayuda al difunto en su viaje al más allá .

Para nada hay tristeza, ni lloros ni plañideras, al contrario, cantan, ríen y beben, sobretodo  “arak”, un licor de palma que se produce en muchas partes de Asia y Oriente Medio y que se elabora a partir de la fermentación y posterior destilación de la savia de la palma o de los cocoteros. Esta fiesta puede durar entre 2 y 6 días, dependiendo de la riqueza del fallecido y de la familia. Mientras alguien grababa el funeral, cámara en mano, otro con micrófono, va repartiendo la carne a los diferentes miembros de la familia según su rango, incluso algunos asan carne para alimentar a los invitados. Finalmente, se subasta uno de los búfalos que ha sido indultado, al pobre lo pasean por delante del espectáculo dantesco de sangre y muerte de sus compañeros.

Éramos los únicos extranjeros en la aldea y si al principio estábamos algo cohibidos, pasado el tiempo nos movíamos por el circulo con tranquilidad, evitando pasar por delante del finado y del jefe de la aldea, un tipo con sombrero de estilo americano. Los niños se divertían jugando con los rabos del toro, a ver quien había conseguido el más grande. Habíamos leído que los extranjeros en algunas ocasiones podían presentar su respeto a la familia entregándoles algún presente; cigarrillos, bebidas o comida, etc, pero nosotros no habíamos llevados nada.

Finalmente, llega el entierro real, los cuerpos se colocan en cuevas o agujeros de montañas, o bien en ataúdes de madera que cuelgan en un acantilado, como ya habíamos visto en el día anterior, aunque a la ceremonia todavía le queda un último “final” o Ma’nene, cada pocos años, después del entierro, en el mes de agosto se exhuman los cuerpos de los difuntos para lavarlos, peinarlos y vestirlos con ropas nuevas. Ese es el momento en el que el pueblo pasea a las momias por el pueblo en señal de júbilo. Sólo así los difuntos acaban “muriendo en paz”.

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Dejamos la fiesta funeral y continuamos nuestro camino por fascinantes paisajes agrícolas. Nuestro guía iba parando para que viésemos algún detalle de la cultura Toraja. Vimos en una aldea los enterramiento en esas pequeñas rocas que aparecían como setas en las terrazas de arroz, en otra vimos cómo se construía un tongkonan e incluso pudimos ver de cerca a un búfalo de agua disfrutando del barro en los arrozales.

La siguiente parada fue PALAWA, un pueblo tradicional Toraja, con sus típicas casas o tongkonan. Aunque el día anterior habíamos visto muchas de estas casas, en este lugar se vivía una actividad febril, todo el pueblo participaba en la reconstrucción y acicalamiento de casas o graneros, los materiales de construcción se apilaban delante de las casas y los artistas repasaban los símbolos geométricos de las casas con sumo mimo.

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Nuestro siguiente descubrimiento fue BORI. Donde hay un recinto ceremonial o rante, un espacio abierto que se utiliza para los rituales de los muertos y de acción de gracias. En el círculo central, encontramos más de un centenar de menhires, cada una representando una fiesta celebrada en el pasado por los méritos alcanzados de una persona de alto estatus, según el guía, reyes o puang de la zona. El crculo está rodeado de Tongkonan y tumbas excavadas en las rocas´.  Nos dijeron que hacía poco se había celebrado un funeral y todavía quedaban las estructuras para los invitados a la fiesta.

Las tumbas estaban excavadas en grandes rocas dispersas por la zona. Según nos dijo el guía, solo las personas más ricas y con más estatus social podían ser enterradas de esta forma. ¡ No son clasistas ni nada estos Torajas !. Las tumbas estaban tapadas por losas de madera con los mismos motivos geométricos con que decoraban las casas torajas. Al lado de las tumbas se dejan objetos que pertenecen al difunto o que podría necesitar en la otra vida.

Seguimos un sendero que se adentra en la selva, tupida y  húmeda, que a poco, se transforma en un bosque de bambús donde hay más zonas de enterramientos en medio de un exuberante paraje; diseminadas en el follaje vemos grandes piedras cubiertas de helechos, líquenes y musgos con numerosos nichos excavados y también algún tara, los árboles con tumbas de bebés.

Todo en la región de Tana Toraja gira en torno al búfalo. Todas las familias, grandes o pequeñas, poseen al menos un búfalo, que les ayuda en las labores agrícolas o simplemente los cuidan hasta el día del funeral. El número de ellos indica el nivel social de la familia, por ello, los cuidan con mimo. Solo los usan como alimento si han sido sacrificados en algún funeral. El precio aumenta si los animales presentan manchas blancas, son albinos o tienen los ojos azules, llegando a los 20.000 € por animal. Nosotros visitamos el mercado de BOLU, primero el de frutas, verduras y pescados, y luego el de búfalos, cerdos, etc..mucho barro, charcos, boñigas y los gritos de los cerdos.

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Pusimos punto y final, al día y a nuestra estancia, en la tierra de los Torajas, en el restaurante café Aras, el mejor y más reputado establecimiento de Rantepao. Nos tocó volver en la dichosa guagua nocturna, otras 9 horas de baches, en un duermevelas y cuando ya habíamos conseguido el sueño, nos despertamos alertados de que habíamos llegado a una parada frente al aeropuerto, en medio de la autopista; bajamos corriendo, medio adormilados y con la sensación de que algo nos habíamos dejado en aquella guagua del infierno…jajaja. Ya en el aeropuerto cogimos un vuelo para seguir nuestra aventura por Indonesia…próxima parada...Isla de Flores y Komodo.